La maravilla de Hampdenshire, de J. D. Beresford, es una mención obligada cuando se habla de obras sobre seres humanos con poderes mentales. En esta novela de ciencia ficción se nos presenta a un niño prodigio superdotado intelectualmente, llamado Víctor Stott.
El Niño Maravilla posee una enorme cabeza, desproporcionadamente grande con respecto al resto de su cuerpo. Pero esta deformidad, lejos de convertirlo en un disminuido mental, le permite albergar un cerebro excepcional dotado de una memoria superior a la del homo sapiens común y corriente. La mente de Víctor Stott no olvida nunca nada de lo que ve, oye o lee.
Además, Víctor Stott tiene grandes dotes para el cálculo matemático y la abstracción filosófica. Y quizá unos incipientes poderes de control mental (esto último se deja caer en la novela de forma muy ambigua).

La maravilla de Hampdenshire nunca se ha traducido al castellano. El título original es The Hampdenshire Wonder (1911).
La Maravilla de Hampdenshire, cricket y H. G. Wells
Víctor Stott, la Maravilla, es hijo del famoso jugador de cricket Ginger Stott. Su nacimiento no fue casual. Resulta que Ginger tenía una técnica única para jugar al cricket, pero tuvo que retirarse debido a una lesión en un dedo. A partir de entonces intenta a enseñarle a otros jugadores más jóvenes su flamante técnica, pero no lo consigue. Frustrado, Ginger decide tener un hijo con el objetivo de tener un discípulo de cricket libre de vicios y al que poder moldear desde cero, desde el nacimiento, para que aprenda su técnica única y se convierta en el mejor jugador de cricket de la historia. Para ello se casa con una solterona llamada Ellen Mary. El fruto de esta unión es la Maravilla de Hampdenshire.
Esto del cricket es uno de los mayores escollos de la novela. En los primeros capítulos, Beresford dedica muchas páginas a hablarnos de los intríngulis de este deporte inglés (que se juega con bates y en un campo de hierba, lo que recuerda al béisbol). Se ha señalado que este empeño de Beresford por hablar de cricket puede ser un de homenaje al padre de H. G. Wells, Joseph Wells, que fue un aclamado practicante de cricket. Beresford admiraba a H. G. Wells y, en 1915, publicó un estudio crítico de su obra, el primero analizar la obra de Wells desde una perspectiva académica.
Niño prodigio e incomprendido
La novela está escrita en primera persona por un narrador cuyo nombre no se menciona. Este es un periodista que entra en contacto con la Maravilla de Hampdenshire a través de su padre. El objetivo original del periodista era escribir una biografía de Ginger Stott, el famoso exjugador de cricket. Pero se da cuenta de que es mucho más interesante contar la peripecia vital de su hijo Víctor, que ha nacido con macrocefalia. El resultado es esta novela publicada en 1911.
El narrador reconstruye la vida del niño Maravilla en base a su experiencia directa con él o a partir del relato de terceros. Aparte de la madre y el padre del niño, otros personajes relevantes son: el señor Challis, un terrateniente local que se interesa por la criatura, y el clérigo Crashow, un fanático religioso que mirará al niño con malos ojos.
Los hitos en la vida del niño no serán muchos. Hasta los 3 años, Víctor Stott no habla apenas. No sólo no pronuncia palabra en sus primeros años, es que tampoco llora ni grita ni hace nada. Debido a su comportamiento alienado, el Víctor recién nacido parece retrasado mental. Pero nada más lejos. Víctor no habla no porque no sea capaz, sino porque no quiere. Da la impresión, sencillamente, que no tiene nada que decir ni nadie con quien hablar que le resulte de interés. Se limita a observar el mundo a su alrededor o a permanecer en un estado de abstracción.
La Maravilla de Hampdenshire tiene una inteligencia superior a la media humana no sólo a nivel cuantitativo, sino cualitativo. Es algo así como una singularidad al estilo del posthumanismo. Su procesamiento mental es tan avanzado que el ser humano común y corriente no puede atisbarlo. Su forma de concebir el mundo es inaprensible.
La mirada de la Maravilla de Hampdenshire es muy significativa. Parece que entiende todo lo que le rodea, que su mente lo abarca todo. Tanto es así que su mirada escrutadora resulta incómoda e imponente. Víctor incluso es capaz de hacer valer su voluntad gracias a la determinación en su mirada. Un ejemplo de esto lo vemos en un pasaje en que Víctor se apropia del asiento preferido de su padre en la casa, y se niega a dejárselo. El padre, aunque le protesta, termina vencido y aceptando su derrota ante la simple mirada empedernida del niño. En este y otros pasajes similares da la impresión de que quizá el cerebro de Víctor Stott albergue un incipiente poder de control mental. La novela, sin embargo, no va más allá de estas breves insinuaciones.

Superdotado, frío y distante
El carácter de Víctor es frío, distante, carente de afecto. Su cerebro es casi robótico en el sentido de que sólo es capaz de albergar ecuaciones y abstracciones. En parte, de esto se deriva que la Maravilla crece como un paria solitario.
Con el tiempo, se interesarán por el niño prodigio ciertas autoridades. Le ofrecen a la familia una casa mejor. Lo vacunan. El clérigo intentará acercarlo a la Iglesia, primero, y a la escuela, después. El niño será sometido a tests para refutar definitivamente si es un tarugo o un prodigio. Los únicos que se le acercan, aparte de un niño idiota llamado Harrison, son el señor local Challis y el propio narrador de la novela. Cuando por fin empiece a hablar, a los 3 años, será siempre de forma parca o demasiado filosófica para que nadie pueda comprender lo que quiere decir.
Un momento especialmente destacado en la novela es cuando Víctor acude a la biblioteca del señor Challis. Este le deja leer sus más de 5.000 libros, que el niño los devora en unas semanas (con sólo 4 años de edad). Lee sin volver las páginas atrás en ningún momento porque no lo necesita. Pero a la larga, a Challis la presencia del niño se le hará indigesta porque cuando el niño termine abriéndole su mente, Challis no entenderá ni papa de lo que le dice y se sentirá humillado intelectualmente.
Después de Challis será el narrador el que tome el relevo en eso de intentar establecer un contacto cercano, una comunicación íntima y verdadera, con el niño. Entremedias, niño y madre serán abandonos por el padre, harto de tener que compartir techo con ese maldito bicho raro.

La maravilla de Hampdenshire se inspira en el caso real de Christian Heinrich Heineken (1721-1725), «el prodigio de Lübeck«. Este niño a los 10 meses de vida ya hablaba (y en alemán, además).
La maravilla de Hampdenshire: entre lo cotidiano y lo prodigioso
El gran mérito de J. D. Beresford quizá sea que presenta su retrato desde lo cotidiano. Sobre todo, nos cuenta las reacciones de aquellos que tratan al niño de cerca. El padre lo rechaza desde el minuto uno. Por contra, la madre expone una actitud de veneración hacia su hijo. Lo adora como a un dios. Y también se muestra el efecto que tiene la presencia de la Maravilla entre sus vecinos, que mayormente sienten repelús y aversión supersticiosa. En el mejor de los casos lo toman por un pobre idiota.
En el caso del señor Challis y del periodista/narrador, Víctor es objeto de fascinación intelectual. Aunque la relación con él sólo les va a provocar frustraciones. El único ser al que el niño no hace salir corriendo es el auténtico retrasado mental del pueblo, un niño llamado Harrison. Este se siente atraído desde el principio por Víctor. El genio atrae al bruto.
Tendremos, además, el temor/odio del clérigo del pueblo, Crashow, hacia el niño superdotado. Esto se debe a que el niño no va a la Iglesia ni a a la escuela. Pero sobre todo a que en una ocasión en la que hablan de la Biblia, el niño le hace saber que, en su opinión, lo que se dice en las Escrituras no son más que paparruchas. Esa controversia religiosa lleva a Crashow a considerar al niño como un blasfemo peligroso.
Una mente prodigiosa en un cuerpo raquítico
Víctor Stott, la Maravilla de Hampdenshire, tiene un supercabezón que alberga un supercerebro. Pero en contraste, el resto de su cuerpo es débil. Sus miembros están infradesarrollados y sus andares son torpes. Tenemos aquí el tópico de que el desarrollo intelectual y el físico tienden a ser opuestos: o tienes un físico portentoso, pero no eres demasiado espabilado/a. O bien eres un hacha intelectualmente hablando, pero ve olvidándote de posar en un calendario de tíos o tías buenorros.

La influencia de La maravilla de Hampdenshire en libros posteriores, como Juan Raro, de Olaf Stapledon, o Más que humano , de Theodore Sturgeon, es innegable.
El conocimiento no te hará feliz
Las conclusiones a las que llega el libro son trágicas. Por un lado, se deja claro que el niño está condenado a la soledad y al aislamiento. Es rechazado tanto su padre, como por las gentes analfabetas, como por los intelectuales que en un primer momento se interesaron por él. Y él, a su vez, evita a los demás porque no le aportan nada a nivel intelectual, y lo emocional no le interesa. Pero aún teniendo un carácter impasible, el niño no parece feliz. Cuando se da cuenta de que no hay otro como él, y de que no sabe siquiera lo que es, parece apenado.
Al mismo tiempo, la Maravilla se siente frustrada porque no hay en la lengua inglesa palabras suficientes para articular su visión del mundo. El pobre, además, no va a tener tiempo vital suficiente para llegar a alcanzar todo su potencial. ¿O quizá ya había llegado? Quién sabe.
S desprende de la novela la idea de que el conocimiento no da la felicidad, que «saberlo todo» no es algo especialmente deseable. Obtener todo el conocimiento del mundo, según el libro, podría suponer la muerte de ese motor interno que es tener dudas y hacernos preguntas e intentar encontrar las respuestas. La felicidad está en la búsqueda, se nos viene a decir, más que en en las respuestas en sí mismas. Un famoso refrán dice que: «La felicidad vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar». Y algo que aprender, podríamos añadir.
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